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07 abril 2012

Capitulo 1 de: "Un corazón que salvar" y anuncio de blog novela

Hola lectores!!!

   Pues un poco largo el titulo, pero es necesario. Debido a que me dejaron saber en una ocasión anterior que les interesaba leer la continuación de la historia de Mark Diaz "Un corazón que salvar", la cual inicié gracias a un proyecto de Adictos a la Escritura el mes pasado. Hoy les traigo el primer capitulo de la misma, en donde la historia continúa. Subiré cada capitulo por aquí, pero para llevar un poco más organizado todo, he creado un blog exclusivamente para la novela, sería algo así como un blog-novela, en donde podrán acceder y leer cada capitulo si gustan. No es necesario se suscriban allí pero pueden hacerlo si gustan.

     Estoy enamorada de la historia y tengo muchas ideas para incluir, pero me encantaría contar con el apoyo y opinión sincera de todos ustedes. Les dejaré el enlace de la blog novela Un Corazón que Salvar , ademas del Capitulo 1. Espero sus comentarios y sugerencias. 

Nos leemos!




Capítulo 1



Villa Hermosa, en la actualidad

            Mark estaba verdaderamente agotado, y mientras se sentaba en el viejo sofá de su apartamento, puso su chaqueta de cuero negra de cualquiera manera al lado. Respirando profundamente, se tocó las sienes, estas le latían dolorosamente desde temprano. Con pesadez se levantó y se dirigió al botiquín detrás de la puerta del baño, con los ojos achicados tanteó hasta encontrar sus píldoras para la migraña. Solo le quedaban dos, las tomó ambas con un vaso de agua y se dirigió al pasillo que daba  a su habitación.
             El suyo era un apartamento pequeño sin adornos ni cuadros, solo el viejo sofá, la tele y una vieja mesa, era todo lo que se podía ver en la sala a simple vista; en la cocina reposaba encima de la mesada de losas blancas una cafetera y un microondas, al lado de estos un pequeño refrigerador con un arsenal de comida para micro, generalmente solo iba a casa a dormir así que nunca vio la necesidad de comprar una cocina ni toda su parafernalia. Su habitación seguía el mismo patrón de tamaño y escasa decoración que el resto del piso, se dirigió hacia el baño ubicado a mano izquierda, sin encender la luz se desnudo y entró en la ducha. El agua fresca le calmo poco a poco el cansancio y el malestar. Luego de ducharse por unos minutos salió, apenas se seco y se tiró a la cama, el colchón crujió bajo sus casi dos metros de altura y proporcional peso, mirando el techo ya sentía como poco a poco el analgésico hacia su trabajo, pero no lo suficiente. Una vez más, el rostro de Elizabeth invadió como una neblina sus sueños.


            Lo despertó el sonido del móvil, la costumbre ganada en su oficio le hizo contestar al instante.
—Diga —dijo con voz aún ronca y brusca por el sueño.
—Buenos días Detective Díaz, lo estamos solicitando con urgencia en la oficina Antisecuestro. Se trata de un asunto apremiante. —Mark rápidamente identifico la voz de Claudia, la centralista telefónica del departamento de policía.
— ¿Quién demonios puede estar necesitándome hoy? Ayer cerré el caso que tenía pendiente y, Peter sabe que estoy en mi día libre.  —Gruño ya completamente despierto y algo molesto. Su mal humor se volvía patente.
—Es un caso delicado, la madre de la víctima no suelta prenda y… es una niña de apenas ocho años señor. Dado que usted tiene experiencia de un caso similar, el comisario Tompson creyó prudente contar con su ayuda. —La mujer hizo una pausa, dejando que Mark asimilará lo que acababa de decirle. —Sabemos que no le gusta ser molestado durante su día libre, pero en estas circunstancias creo que le convendrá venir deprisa. La madre está verdaderamente mal. Pero eso no es todo…El detective Tompson cree que, la mujer tiene algún tipo de relación familiar con usted…
— Debe ser un error Claudia, el comisario Tompson ya sabe que no tengo parientes. Dígale que… —La mujer le interrumpió.
—Lamento contradecirlo Detective,  pero sin embargo, debo decirle que la mujer se muestra verdaderamente insistente, yo diría que es asombroso su empeño señor. A todas estas. ¿Qué debo decirle al comisario, detective Díaz?
            Intrigado y ligeramente molesto, Mark recordó claramente el caso de secuestro que le causo sus problemas de insomnio y destruyó su vida de raíz, dos años atrás. Acababa de ser promovido a detective y había sido asignado al departamento de Antisecuestro de la comisaria de Villa Hermosa. Su alto sentido de la justicia no solo se basaba en atrapar a criminales y asesinos, sino darle a esos que violentaban las leyes, una lección que  nunca olvidarían. Por aquel entonces se creía un jodido John Wayne. Seis meses luego, Mary Bennet, se había presentado en su oficina con la denuncia del secuestro de su pequeña hermana Sorana de nueve años. La chica había desaparecido mientras pasaba las vacaciones de verano en una pequeña campiña, en las montañas del norte con sus abuelos maternos. Hacia apenas una semana después de haber partido de casa, los abuelos llamaron a Mary para notificarle que la niña había desaparecido, y para confirmar que no había error, esa misma tarde le llegó una carta a Mary pidiendo una recompensa, bajo la amenaza de usar a la pequeña para fines perversos. Fines que a la final, fueron llevados a cabo.
            Mark dedicó un año y medio a esa investigación, adoptando las mejores estrategias y métodos disponibles; con esto logró hacerse un nombre en los círculos de antisecuestro, la liberación de la chiquilla se convirtió en su obsesión al punto de que casi acaba con su sistema nervioso en el proceso. Pero no salió como esperaba y desde entonces solo tomó los casos más comunes con el fin de cumplir el periodo necesario para pedir el cambio a otro departamento. Ahora sus malditos planes, se estaban yendo a la basura porque por mucho que quisiera evitarlo, era un hombre justo y solo de imaginar otra niña parecida a Sorana en manos de esos bastardos, le daban nauseas. Lo haría esta última vez. Además le intrigaba saber quien rayos era la madre de la niña, quizá se trataba de alguna compañera del instituto o una vieja conocida.
             Con un suspiro se levantó  de la cama, entre tanto lograba decirle a la mujer del otro lado de la línea del teléfono.
—Dígale que estaré allí en veinte minutos.

            Elizabeth Nassau, daba vueltas en la pequeña sala de interrogatorios de la Comisaria de Villa Hermosa con tanta continuidad que casi sentía como se iba gastando el talón de su propio zapato. No era así como había soñado que sería, el día en que se encontrara de nuevo con Mark.
            Debería haber sido mucho antes. En realidad, nunca debió dejarlo aquella mañana en la estación, pero se trataba de ella al fin y al cabo. Nunca había tenido las cosas fáciles, siendo la única hija del poderoso Décimo Nassau un magnate petrolero, snob y dominante. Si bien contó con dinero y lujos, jamás tuvo el amor de su padre, este la mantenía a distancia, nunca llegó a concebir su heredero, a pesar de haberse casado en numerosas ocasiones, todo fue en vano. Elizabeth era para Décimos un inconveniente error. Finalmente ese error, decidió decirle al gran millonario  que era suficiente y había logrado escapar de él y hacer su vida lejos sin su venenosa influencia, todo iba bien hasta que el mes anterior sucedió algo que destruyó literalmente su vida, al menos eso creía. Hasta ahora. El secuestro de su pequeña, sí que terminó por arruinarle la vida. Su padre las había encontrado.
            Se detuvo por un momento y contempló, a través de la ventana situada por encima de la mesa del escritorio de Mark, a unos cuantos peatones y policías que hacían su misteriosa y cotidiana danza en frente del edificio, el entrar y salir, salir y entrar nuevamente. El aire del atardecer primaveral era tan suave como la mantequilla, la pequeña población de Villa Hermosa disfrutaba de esta época del año de una hermosa primavera, con sus calles anegadas de casas de fachadas blancas y frondosos y verdes arboles, que cambiaban primorosamente con cada estación del año. El pequeño pueblo se les antojaba a los lugareños un lugar perfecto para vivir, para el paseo y el entretenimiento. Incluso el índice de delitos era cada vez menor, parecía un pequeño paraíso con sus grandes montañas encaladas junto al mar. Siempre había adorado esta comarca, en donde ese color dorado reinaba cada tarde, en una época lejana había soñado con criar a sus hijos aquí. Para ella también era primavera y sus pensamientos giraban incesamente en torno a su pequeña hija Maribel y el hombre al que después de seis años vería de nuevo, Mark Díaz. Y no se sentía para nada tranquila, cada minuto de espera se le antojaba una agonía de solo pensar en cómo él reaccionaría al verla. Esperaba que la despreciara pero rogaba a Dios en silencio para que no la odiara, eso no podría soportarlo.
            El ruido de la puerta de la oficina al abrirse la hizo volver al presente, tensa se dio la vuelta lentamente con los puños apretados a cada lado. Y allí estaba él. Sujetaba el pomo de la puerta, mientras la observaba claramente sorprendido. Sus increíbles ojos azules grisáceos, se habían endurecido al recuperarse de la sorpresa de verla, tornando el color de sus ojos al del acero que coronaba una mandíbula cuadrada y contundente. Llevaba el cabello negro a la altura de la nuca y un mechón le cruzaba la amplia frente, haciéndole ver más joven. Sus labios yacían apretados en una línea. Se le notaba tenso, aún a través del atuendo negro que usaba en el momento, se adivinaba un cuerpo musculoso y atlético. Al contrario de ella, el no había desmejorado en su apariencia todo lo contrario, estaba aún más atractivo que antes, su propio cuerpo despertó después de todos esos años solo con mirarlo de nuevo. Con seguridad cerró la puerta detrás de él y se dirigió a la silla de su escritorio con paso rápido y seguro. Al sentarse la miró y sin ningún saludo, la interpelo.
 —Muy bien Elizabeth, puedes comenzar relatándome los hechos para así resolver este caso lo más pronto posible. —Le dijo, mientras anotaba algo en una carpeta delante de él dejando claro con esa indiferencia que no era bienvenida. Algo dentro de en su pecho se encogió de dolor.
            Elizabeth apretó el bolso que tenía sobre las piernas y se armó de valor para decirle lo más importante referente a su visita.
—Maribel tiene ocho años, ayer por la mañana pasé a recogerla en la escuela y la profesora de esta me dijo que un hombre mayor, bajo de una camioneta negra y se presentó como el abuelo de mi hija. Mi padre siempre me ha estado amenazando con quitármela antes sino regresaba a New York con él, pero no pensé que sería tan desarmado como para llevar a cabo su ultimátum. No sé que pueda hacerle a la niña, ella es muy sensible y dulce y él no mirara atrás para tratarla con la crueldad que lo caracteriza.
— ¿Estás segura de que se trata de tu padre?
—Si, ayer recibí una llamada de Oscar, su secretario personal, y él me confirmo mis sospechas. Quiere que tome el tren en dos días, sino me aseguró que nunca más vería a mi hija, Mark te lo ruego yo… — su voz se quebró en medio de un sollozo, se sujeto el rostro entre las manos para evitar la vergüenza de llorar frente a él.  Seco como pudo las húmedas mientras Mark la miraba fijamente, la suya era una mirada insondable y muy intensa.
—Elizabeth, solo me puedo imaginar por lo que estas pasando, la angustia de no tener a tu hija y todo lo que eso conlleva, pero no entiendo por qué crees que pueda ayudarte. Para empezar, él es su abuelo así que no está en un inminente peligro dado que no es un loco ni nada parecido, lo segundo es que no está en mi jurisdicción policial, no me compete a mi ayudarte, sino las autoridades de la ciudad donde resides...
—Te equivocas Mark —lo fulminó con la mirada, debía adelantarse y decirle todo sin más, ya después se enfrentaría a sus acusaciones o lo que trajera consigo la noticia que se disponía a darle. — En cuanto a lo primero, tal vez mi padre no sea un loco legalmente pero yo que viví sus maltratos, sé que monstruo se esconde detrás de los trajes de Versace; pero con respecto a lo segundo…— Tragó con fuerza y saco de su bolso de mano una fotografía de una niña de unos ocho años. Se mostraba sentada en la  pequeña roca de una playa, vestía una bañador rosa y una sandalias plásticas del mismo color. Su abundante cabello negro y ondulado, destacaba en su piel de porcelana, apenas un flequillo negro atravesaba su frente, las mejillas rosadas estaban adornadas con unos adorables hoyuelos producto de la encantadora sonrisa que lucía en ese momento. Sin embargo, lo más resaltante en su apariencia eran dos cosas, los ojos de un azul grisáceo adornados con espesas pestañas y debajo de su ojo derecho un lunar negro. La pequeña recreaba claramente los rasgos exactos del hombre que tenía frente a ella. Con una mano temblorosa le paso la fotografía. — Ningún otro tendrá mayor éxito de encontrar a Maribel, que su propio padre. Y tú Mark… — Lo miró entre lágrimas, detallando como este se quedaba lívido y en estado shock, entre tanto asimilaba la noticia y contemplaba con una mano temblorosa la imagen de su hija,  Elizabeth se obligo a decir. — Eres su padre.




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3 comentarios:

  1. Ahhhhhhhh.... qué capítulo!!!! ya tienes una fans, me encantó la historia, tiene suspenso, intriga, secuestros, romance, uff... me encanta... describes muy bien las escenas, es fácil imaginarse los lugares y a los personajes. Muchas felicidades, espero ansiosa el próximo capítulo.

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    Respuestas
    1. Gracias! Y aú ahi mucha tela que cortar Jonaira ;)

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  2. Hola:)
    Me gustó mucho el capítulo me ha dejado enganchada sospechaba que podría ser el padre pero me parece muy interesante como se resolverá lo del secuestro y que pasará entre ellos dos^^ Me gusta mucho como escribes, te sigo y enlazo:)
    Saludos

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